La moda de lo lento: por qué cada vez más gente decide ir despacio
Frente a la prisa como religión, crece la idea de que hacer menos cosas, pero mejor, es una forma de ganar.
Durante años, la prisa fue una medalla. Estar ocupado, no tener tiempo, ir corriendo de un sitio a otro era señal de que tu vida importaba. Quien iba despacio, sospechábamos, es que no tenía nada que hacer. Esa idea empieza a resquebrajarse. Cada vez más gente sospecha lo contrario: que vivir a toda velocidad no nos hacía más felices ni más productivos, solo más cansados.
La prisa no salía gratis
El cálculo era sencillo y resultó falso: si hago más cosas, mi vida será más plena. Lo que descubrimos es que hacer muchas cosas a medias, con la cabeza siempre en la siguiente, no llena, vacía. Vivíamos acelerados, saltando de tarea en tarea, sin terminar de estar en ninguna. Y al final del día, agotados, con la sensación rara de no haber hecho nada que importara de verdad.
La reacción a eso es lo que algunos llaman vida lenta. No es una doctrina ni hace falta irse a vivir al campo. Es, sobre todo, una decisión de prioridades: hacer menos cosas, pero hacerlas de verdad, con atención y sin la prisa de fondo que lo estropea todo.
No se trata de hacerlo todo más despacio, sino de dejar de hacer la mitad de las cosas que no hacía falta hacer.
Una cosa a la vez
El gesto más concreto de esta tendencia es también el más subversivo: hacer una sola cosa a la vez. Comer sin mirar el móvil. Pasear sin escuchar un pódcast. Trabajar en algo sin diez pestañas abiertas. La multitarea, que vendíamos como eficiencia, resultó ser la mejor forma de hacerlo todo peor y vivirlo todo a medias. Volver a la atención plena, a estar de verdad en lo que haces, es a la vez más agradable y más eficaz.
El lujo de aburrirse
Parte de ir despacio es recuperar los huecos que llenábamos compulsivamente. La cola del súper, el trayecto, los cinco minutos de espera: antes eran ratos muertos; ahora los tapamos al instante con la pantalla. Pero esos huecos vacíos tenían una función. Es ahí donde la mente divaga, descansa y, muchas veces, tiene sus mejores ideas. Aburrirse un poco, no llenar cada segundo, ha pasado de defecto a lujo.
El riesgo de la pose
Conviene un aviso, porque toda tendencia corre el peligro de pervertirse. Lo lento también puede convertirse en otra competición y en otra fuente de culpa: presumir de desconexión, comprar los productos de la vida lenta, sentirse mal por no relajarse lo suficiente. Si frenar se vuelve una obligación más en la lista, hemos entendido justo lo contrario. La idea no es rendir más en desconectar; es soltar la exigencia, no añadirle una nueva.
Empezar por poco
No hace falta dar la vuelta a tu vida. Basta con elegir un momento al día y vivirlo despacio, sin pantalla y sin prisa: un café, un paseo, una comida. Un rato pequeño en el que no aprovechas nada, no produces nada y simplemente estás. Suena a poco y cambia mucho. A lo mejor resulta que ir despacio, de vez en cuando, era la forma más rápida de volver a disfrutar de las cosas.
3 comentarios
Dejé de intentar aprovechar cada minuto y curiosamente rindo más y vivo mejor. Menos no siempre es menos.
Lo de hacer una cosa a la vez suena obvio y es revolucionario. La multitarea me tenía agotado sin hacer nada bien.
Ojo con convertir lo lento en otra competición de quién desconecta mejor. Buen aviso el del final.